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La Protesta de Baraguá PDF Imprimir E-mail
Miércoles, 14 de Marzo de 2007 14:43
 Investigador Agregado.
Centro de Estudios Antonio Maceo Grajales.

Escasos son en la historia de la Nación Cubana, los acontecimientos históricos cuya relevancia pueda ser igualada con la Protesta de Baraguá, ocurrida el 15 de marzo de 1878.

A ciento veintinueve años de distancia, expresarnos sobre la misma es una gran responsabilidad. No pretenderemos dictar pautas historiográficas respecto a ella, más bien, exponer una visión histórica y analítica, así como algunas ideas centrales en la valoración que de la misma tenemos, de su trascendencia actual y futura, en tanto que componente de primera importancia en el arsenal de ideas que forman el pensamiento patriótico y revolucionario cubano.

Como se sabe, la Protesta estuvo motivada por la firma de un acuerdo de paz el 10 de febrero de 1878, entre las fuerzas patrióticas y las españolas representadas por Martínez Campos, acuerdo conocido como el Pacto del Zanjón.

Las causas que provocaron el Pacto fueron varias, y al conmemorar la Protesta de Baraguá es preciso recordarlas someramente, porque ellas en su momento fueron experiencias y enseñanzas útiles, -aunque amargas-, para el devenir del proceso revolucionario independentista cubano del siglo XIX; porque aún hoy es preciso tener en cuenta aquellos hechos a fin de no repetir errores funestos.

 

El inicio mismo de la Guerra de los Diez Años estuvo cargado de hechos que a la larga se fueron convirtiendo en rémora del proceso revolucionario. Es conocido que la revolución no fue el resultado de una concertación y unión de fuerzas en torno a un proyecto definido y una estrategia de lucha aceptada firmemente por todos, de donde resultó que la unión de los factores revolucionarios careció de un grado de unidad suficientemente alto como para garantizar una estabilidad duradera del conjunto de fuerzas que se lanzaban a la lucha independentista.

Los momentos iniciales de la contienda se caracterizaron por el voluntarismo sublime de un hombre: Carlos Manuel de Céspedes, impelido por las circunstancias, pero que en verdad no era el jefe reconocido del movimiento que se preparaba. Ante los hechos consumados fue aceptado como jefe de la revolución, pero ello no significó que desaparecieran rencores, y aprehensiones en su contra, fortalecidas por algunas medidas que dictó en esas primeras semanas de lucha, durante las cuales concentró en sus manos todo el poder.

 La diversidad de criterios y conceptos estratégicos prevalecientes en los inicios de la revolución encontraron un momento de conciliación en la asamblea constituyente de Guáimaro. Allí se alcanzó la unidad entre las fuerzas orientales, camagüeyanas y villaclareñas, lanzadas a la lucha, contándose también con representantes de los revolucionarios occidentales.

El análisis sereno de lo acontecido en Guáimaro muestra la fragilidad de la unidad lograda a partir de concesiones y compromisos que no resolvían las discrepancias, sino que las postergaban, y por ello el gobierno de la revolución nacido en esas deliberaciones resultó inconveniente, inadecuado, y a la larga, un sólido obstáculo para el desarrollo de la revolución que encabezaba. La inexperiencia de los revolucionarios tuvo también su rol en estos desaciertos.

En su afán de dar a la revolución un curso adecuado, el presidente de la república de Cuba en armas, Carlos Manuel de Céspedes adoptó disposiciones que violaban la democracia establecida por la constitución de Guáimaro, y la Cámara de Representantes también nacida allí, se esforzó por someter al presidente y los demás jefes de la revolución a su control. Esta dualidad de posiciones y conceptos no hizo más que debilitar al gobierno constituido, reavivó las rencillas y odios personales, y se fortaleció el caudillismo y el regionalismo.

La emigración por su parte, padecía de parecidos males, así, la que debió ser constante fuente de recursos para la lucha independentista, se convirtió en un problema más para la revolución, a lo que se añade que la política de los Estados Unidos respecto a la gesta cubana por la independencia fue la oposición a los revolucionarios, convertidos por el presidente estadounidense Ulises Grant en delincuentes internacionales, a los que se perseguía severamente.

A pesar de  esas desfavorables condiciones la revolución merced al heroísmo de las masas incorporadas a la lucha, se mantuvo, ganó espacio y logró constituir agrupaciones de tropas aguerridas, capaces de derrotar a un  enemigo poderoso como el ejército español. Del seno de esas masas comenzaron a nacer nuevos y brillantes líderes, entre ellos Antonio Maceo Grajales, que ascendía en el escalafón militar a base de coraje y de sus excepcionales cualidades como militar, hombre y revolucionario.

El 22 de marzo de 1872 había recibido el diploma firmado por C. M. de Céspedes confirmándole el ascenso al grado de coronel. Más tarde el propio Céspedes, en carta del 16 abril, le dice a Antonio Maceo:

 "Hace unos días que a mi  noticia  ha llegado haber paralizado el enemigo sus operaciones en Guantánamo. Este hecho, que puede ser efecto de varias causas, reconoce indudablemente  como  primer motivo  las brillantes  operaciones y  heroicos esfuerzos  de los cubanos que en ese territorio contra los españoles combaten: operaciones y esfuerzos con los que ha sabido Ud. conquistar la gloria que justamente va unida a su nombre y es de todos confesada y reconocida."

En Bijagual, fue testigo presencial de los acontecimientos finales de la pugna entre el ejecutivo y la Cámara, que conducen a la deposición de Céspedes como presidente de la república el 27 de octubre de 1873. Este hecho y su condición de alto oficial del Ejército Libertador, sin duda lo ponen en contacto directo con las pugnas que van minando el campo revolucionario, y de las cuales es indudable que fuera formando una opinión.

La destitución de Céspedes que más de un autor ha estimado como un golpe de estado legal, su posterior abandono por el nuevo gobierno encabezado por Cisneros Betancourt, y finalmente, su muerte en San Lorenzo, fue el primero de los grandes golpes de muerte que se propinó a la revolución. Desde entonces las rencillas crecieron, el nuevo gobierno y la Cámara al cabo cayeron en la ilegalidad que pretendieron eliminar, surgieron en el seno del Ejército Libertador organizaciones secretas que actuaron en la sombra pretendiendo fines oscuros la mayor de las veces, el gobierno y la Cámara quedaron a cada paso más débiles y desacreditados, y como todos los débiles que ostentan poder fueron cada vez más impositivos y prepotentes acercándose a un status de dictadura civil.

Una especie de tregua entre las pasiones, ambiciones, y enconos, después dela deposición de Céspedes, dio lugar a un repunte de la revolución, cuyo ejército se consolidó y obtuvo brillantes victorias. Cuando todo parecía augurar un desenlace feliz, las rastreras pasiones y odios acumulados y crecientes, hicieron eclosión llevando por delante a la figura del mayor general Vicente García, personificación del regionalismo caudillista en el campo revolucionario, el cual actuó como personero principal de un movimiento que solicitaba reformas en el gobierno, y que para lograrlas acudió al nefasto expediente del motín, el pronunciamiento, la sedición, ocurridos en Lagunas de Varona en 1876. Al valeroso y valioso general tunero le faltó inteligencia política para comprender todo el malsano alcance de la posición a que lo lanzaban sus ambiciones y rencores personales, así como los consejos de los cespedistas que pretendían a toda costa vengar la deposición y muerte del Padre de la Patria.

Ante la sedición el gobierno y la Cámara cedieron, hicieron concesiones y perdonaron la indisciplina, admitieron la frustración del refuerzo que el general Gómez debía recibir desde Oriente para continuar su empuje al occidente luego de su invasión al territorio de Las Villas, más he aquí que allí mismo, en aquel territorio, actuaba la logia militar secreta denominada Unión Republicana, minada del nefasto caudillismo regionalista, opuesta al mando de las tropas villareñas por oficiales y jefes que no pertenecieran a ese territorio, y cuya oposición al mando de Gómez y de otros oficiales condujo al desorden, la desobediencia, la baja moral combativa de las tropas y, finalmente, a la renuncia del propio Gómez al mando de las fuerzas en ese departamento.

Lagunas de Varona y la Unión Republicana echaban por tierra el proyecto invasor de Gómez, confinaban la guerra al territorio oriental del país, y le daban gratuitamente al mando español la conducción estratégica de la guerra, importantísima ventaja que al cabo podía definir el resultado de la contienda.

Conviene, sin embargo, destacar que no todo el campo revolucionario estaba preñado de tan graves y dañinos hechos. Si en el centro y norte de Oriente, parte del Camagüey y Las Villas cosas como las relatadas ocurrían, en el sudeste oriental, donde tenía sus reales Antonio Maceo y la famosa división Cuba, sólo se pensaba en combatir al enemigo, como lo demuestran los numerosos combates y acciones de guerra desarrollados durante 1875 y 1876, entre los cuales se encuentra la conocida invasión a Baracoa realizada por Antonio Maceo ostentando ya el grado de brigadier. Él y su oficialidad reunidos en Alcalá, zona de Holguín, se manifestaron en documento enviado al gobierno contrarios al movimiento de Vicente García, aunque reconociendo que existían problemas a resolver por las vías de la legalidad y la democracia establecidas.

Simultáneamente el general Antonio se dirigió en carta al presidente de la república en la que por el análisis que realiza de la situación, los juicios que expone, las críticas que hace, y las sugerencias que plantea, demuestra que ya es, además, un líder político maduro, responsable, y capaz, ajeno a rencillas y divisionismos, y firmemente apegado a la disciplina, lo que no lo limita en el juicio crítico a lo que estima incorrecto.

Poco después, a fines de agosto y también en Alcalá, se produjo una entrevista de Maceo y Vicente García. Maceo expuso su creencia en la necesidad de reformas en la vida de la República, pero al propio tiempo condenó con energía a los que para obtenerlas promovían indisciplinas que debilitaban a la revolución y beneficiaban al enemigo de la libertad, lo que era una clara alusión al propio V. García y sus sediciosos. Maceo puso en esta entrevista muy en alto su estatura de líder revolucionario, y la defensa del sagrado principio estratégico de la unidad revolucionaria.

Es indispensable señalar que durante el año de 1876, ante la preparación y puesta en práctica por el general español Arsenio Martínez Campos de un bien divulgado plan político-militar para acabar con la revolución, el gobierno revolucionario y el general Máximo Gómez comprendieron que la forma más eficaz de oponérsele, era la reanudación de la proyectada invasión a occidente. Nuevamente se consumaron planes en ese sentido, se dictaron órdenes para organizar y enviar un refuerzo a Las Villas, y se encargó el mando de ese territorio a Vicente García. Era un momento de vida o muerte para la revolución. Así se lo hizo saber el gobierno cuando se le comunicó la orden de trasladarse a Las Villas, más fue precisamente en circunstancia tan crítica cuando el general de Las Tunas volvió a las andadas y terminó protagonizando un nuevo motín, esta vez en el lugar conocido como Santa Rita.

Para colmo de males ninguna medida coercitiva pudo tomarse contra el famoso León de Las Tunas, de hecho el gobierno era incapaz de hacerlo, le faltaba prestigio y autoridad; la alta traición cometida por Vicente García le fue premiada con su designación como presidente de la República de Cuba en Armas.

Como es lógico, tantos desórdenes, la falta de autoridad del gobierno, sus continuos y grandes errores, calaron en las tropas tenazmente presionadas por las fuerzas hispanas de Martínez Campos; se reblandeció la moral de los hombres y por esa puerta entraron en torrente las promesas políticas españolas, sus ofrecimientos de paz, de perdón por lo pasado.

Entonces, la desmoralizada e inoperante Cámara de Representantes no fue capaz de ser digna de las altas responsabilidades que le correspondían, no pudo estar, en medio de sus propias contradicciones, a la altura de los innegables sacrificios que por la Patria habían realizado durante años cada uno de sus miembros.

La traición a los principios de unos, el cansancio, la desesperanza, la falta de fe en la posibilidad del triunfo ante tantos problemas de otros, condujo a la aceptación de las propuestas de paz de Martínez Campos el 10 de febrero de 1895.

La revolución agonizaba en el Pacto del Zanjón, corroída por el cáncer de las rencillas y rencores oscuros, de la falta de real y sólida unión en torno a un proyecto por todos compartido, por la indisciplina, por la ausencia de absoluta fidelidad a los principios de la revolución y la independencia, existente en parte de los hombres que ostentaron la responsabilidad de conducirla a buen fin, por la inmadurez del desarrollo de la nación y de la conciencia de nacionalidad.

Fue entonces cuando se puso de manifiesto en toda su magnitud lo más grande que pudo producir aquella revolución: la ascensión de las masas al ejercicio y conciencia de su deber ante la Patria, el paso al primer plano político de los hombres que nacidos de las masas, eran representantes de lo más extraordinario de aquellos años de cruenta lucha, entre ellos, deslumbrante, sublime, gigante en la defensa de los más sagrados derechos del pueblo y de la Patria, el general Antonio.

Precisamente cuando se realizaban las conversaciones previas y luego la firma del Pacto del Zanjón, Antonio Maceo y sus tropas obtenían brillantes triunfos en  tres duros y reñidos combates ocurridos entre el 29 de enero y el 10 de febrero en las proximidades de Palma Soriano, la Llanada de Juan Mulato y el Naranjo. Su hermano José Maceo, por su parte, derrotaba a los españoles en Tibisí.

El júbilo por estos sonados triunfos quedaba empañado, sin embargo, por las noticias que recibía Maceo acerca de tratos con los españoles en Camaguey y Las Villas. La triste confirmación de los rumores le llegó el día 18 de febrero, traída por una comisión de los zanjoneros encargada de comunicarle el acuerdo de paz sin independencia, a la que acompañaba el general Máximo Gómez deseoso de despedirse de su compañero de armas, antes de marchar al extranjero.

Maceo se negó de inmediato a aceptar el Pacto, y enérgico y activo como siempre, comenzó una ingente labor encaminada a unir las fuerzas que quedaban en lucha para continuar la guerra, como lo expresara en carta a Julio Sanguily del 26 de marzo, para “... la salvación de nuestros principios.”

Maceo procedió a reunir a los jefes y oficiales de sus tropas y las vecinas, a los que explicó lo acordado en el Zanjón, y les planteó su disposición a continuar la lucha por la independencia, obteniendo el apoyo de la oficialidad reunida por él.

 Entre otras cosas escribió a Martínez Campos y le solicitó una tregua y una entrevista que no sería “para acordar nada” sino para conocer los “beneficios que reportaría a los intereses de nuestra Patria hacer la paz sin independencia.” En el propio escrito  manifestó su oposición al Pacto y su decisión de continuar la lucha.

La entrevista en cuestión se efectuó el viernes 15 de marzo de 1878. A las 6 de la mañana ya se encontraban aquí Maceo y sus compañeros. Largo rato después arribó Martínez Campos y su comitiva conducidos por un oficial cubano que les sirvió de guía.

Bajo estos árboles se realizó la entrevista. Maceo recibió al general español y sus acompañantes con la cortesía debida, pero digno, se realizaron las presentaciones correspondientes de las personas que participaban, y después el jefe español tratando de alagar a Maceo y haciendo gala de sus habilidades políticas trató de convencer a los cubanos de que aceptasen la paz, los elogió por la tenacidad y valor con que habían combatido durante años, y expresó que había llegado, luego de tantos sacrificios y devastación, el momento de trabajar juntos para la reconstrucción del país; intentó que los cubanos allí presentes le escucharan leer y explicar los acuerdos tomados en el Zanjón, mas no pudo, el irreductible Maceo lo interrumpió diciéndole que los orientales allí presentes no estaban de acuerdo con ese pacto que significaba una rendición injustificada. Martínez Campos preguntó entonces para qué habían pedido la entrevista sino era para hablar de la paz, ¿qué querían los cubanos?, la respuesta se la dió el coronel Félix Figueredo: la independencia, la abolición de la esclavitud, añadiendo que los que firmaron el pacto no tomaron en cuenta la opinión de los orientales.

Como era de esperar Martínez Campos respondió que no se podía conceder a Cuba la independencia y que la abolición de la esclavitud era cuestión que resolverían las Cortes, es decir, el gobierno de España. La réplica del general cubano Manuel de Jesús Calvar fue contundente: sin independencia y sin abolición de la esclavitud, para los cubanos aceptar en Pacto del Zanjón era deshonrarse.

El general español insistió en leer el texto del convenio alegando que quizás muchos de los oficiales de Maceo no lo conocían, pero el Titán de Bronce lo interrumpió nuevamente para decirle que porque lo conocían era que no lo aceptaban, y le rogó que no se tomara la molestia de leerlo. Es decir, que no nos entendemos, dijo el español.

No, no nos entendemos, fue la rotunda respuesta del general Antonio.

Con tan categóricas frases terminó la entrevista, fijándose para 8 días después la reanudación de la guerra. Una criollísima frase selló la entrevista en los momentos en que se retiraba la comitiva española: Muchachos el 23 se rompe el corojo.

Pero es preciso dejar claramente expuesto que la protesta no fue una obra indivudual, no fue la obra, el gesto, la postura de un hombre, aún cuando este hombre fuera el mayor general Antonio Maceo Grajales, fue la respuesta a los claudicantes, a los flojos, a los traidores, de las fuerzas independentistas orientales. Junto a la voluntad férrea de Maceo, estuvieron muchos otros jefes y oficiales del ejército libertador, de la División Cuba, entre ellos: el mayor general Manuel de Jesús Calvar, los coroneles Vidal, Leonardo del Mármol, Flor Crombet, Silverio Prado, Guillermo Moncada, Belisario Grave de Peralta y Modesto Fonseca; los tenientes coroneles Martínez  Freyre, José Maceo, Limbano Sánchez, Pablo Beola y Fernando Figueredo Socarrás, Rius Rivera, Emiliano Crombet, José Sacramento León, los comandantes Lacret Mourlot, Urquiza, Pacheco, Ramón González, Banderas, Feria, Ortiz, Vidal Vázquez, Agustín Cebreco, A. Portuondo, Soria y Prado, Carlos L. Tristá, y Ortíz; los capitanes Fulgencio Duarte, Tamayo, Riera, los doctores Félix Figueredo, Brioso y Rosas.

Tras ellos se encontraban los miles de combatientes de filas, los hombres que salidos del campesinado, de las dotaciones de esclavos, de las ciudades y pueblos abrazaron la causa de la independencia.

Estos hombres constituían en aquel mes de marzo de 1878 lo más valioso y revolucionario de la nación cubana. Muchísimos de estos oficiales y soldados fueron el núcleo fundamental de la Guerra Chiquita, fueron el alma del alzamiento del 24 de febrero, fueron ellos los que salvaron la Guerra Necesaria en 1895. No olvidemos además, que gran parte de estos hombres, eran oriundos del territorio de la actual provincia santiaguera, de nuestra ciudad héroe.

La negativa rotunda de Antonio Maceo a aceptar una paz sin independencia, sin abolición de la esclavitud, expresada en la Protesta de Baraguá; su disposición a continuar la lucha por la independencia, la significación de esta actitud, solo se puede valorar en toda su plenitud si se tienen en cuenta la serie de sucesos y hechos a que hemos hecho referencia con anterioridad. Sólo así se valora la verdadera dimensión del gesto heroico; sólo desde esa perspectiva puede entenderse lo que significó, lo que significa, lo que significará por siempre para nuestro pueblo la Protesta de Baraguá.

Los detractores de nuestra historia, los que pretenden cercenar nuestra tradición histórica para mellar el filo de esa arma fundamental con que contamos para la defensa de la nación y la nacionalidad cubana, la historia que defendemos hoy en medio de la batalla de ideas, acostumbran a reducir este hecho histórico a la mera descripción del acontecimiento, repiten el relato de Fernando Figueredo y elogian la valentía del general mulato; no le niegan su amor a la independencia, pero llegan, –algunos-, a calificarlo de obcecado, y por esa vía indirecta descalifican a la Protesta de Baraguá. Insisten también, en presentar al general Antonio protestando ante Martínez Campos –o lo que es lo mismo ante España- por no otorgar a Cuba su independencia. Ciertamente así fue, pero esto no es lo fundamental.

Lo que tales personeros de lo antinacional no ven o no desean ver y decir, es que la esencia de la Protesta de Baraguá, el gesto heroico, está dirigido contra los que después de diez años de lucha no respetaron los principios independentistas o los traicionaron, contra los que con sus actitudes egoístas, sus rencillas, su racismo, su indiferencia, sus indisciplinas, su individualismo, etc. desde el mismo inicio de la contienda, pusieron en peligro los mayores intereses del pueblo y de la Patria.

Sépase que el general Antonio Maceo tenía plena conciencia de lo que hacía, toda su actividad antes y después de la famosa entrevista, estuvo encaminada a señalar los errores y obtener la necesaria unidad revolucionaria, sin atizar los odios y las rencillas, tratando en cambio de tocar el corazón y el honor de los cubanos para fundirlos en el amor a la Patria y los principios de la independencia.

Ante los traidores y la traición a los principios se levantó la figura imperecedera del general Antonio Maceo. Es en eso precisamente que radica la gran importancia de su Protesta de Baraguá, porque fue una lección que nunca perderá su valor, porque salvó para la tradición independentista y revolucionaria de su pueblo lo más importante: el principio de la unidad, el amor a la independencia y la libertad de Cuba.

Esa es la razón por la que años atrás, cuando por el mundo soplaban los vientos de traición que dieron lugar al derrumbe del Campo Socialista europeo y al socialismo en la URSS, nuestro Fidel pudo decir que Cuba no renunciaría a los principios del socialismo y que nuestro pueblo será con su actitud y su ejemplo, un eterno Baraguá.

Es por eso que en el propio escenario de la Protesta, nuestro pueblo dio a conocer al mundo, al imperialismo, a nuestros enemigos, el Juramento de Baraguá, continuidad indudable de fidelidad a aquellos principios de independencia y unidad revolucionaria que el General Antonio Maceo levantó de la tierra en que les dejaron caer los traidores y los flojos, para honor y honra de la Patria.

Como él y sus dignos compañeros que no se rindieron en aquellas difíciles circunstancias, hoy nadie se rendirá por más difíciles que sean los tiempos, nadie ni nada destruirá la unidad revolucionaria que él nos enseñó, la que hemos alcanzado en torno a Fidel y nuestro Partido. Ante la gloria inmortal de Maceo lo hemos jurado y venceremos en esta batalla de ideas para bien de la Patria y de la humanidad.

Última actualización el Lunes, 22 de Octubre de 2007 15:51
 
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