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La guarida del topo o cómo caer en un túnel sin salida PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Eric Caraballoso Díaz   
Lunes, 28 de Noviembre de 2011 16:14

Tomado de Radio Siboney

Cartel del filme cubano La  guarida del topo, de Alfredo Ureta

Decepcionante. Este es el calificativo que se me ocurre para un filme sobre el que tenía muchas –y sin dudas injustificadas- expectativas. La guarida del topo, segundo largometraje del realizador cubano Alfredo Ureta, no llega a acercarse ni por asomo a lo que presagiaba su promoción televisiva, lo que me devuelve al antiguo refrán de que las apariencias muchas veces engañan.

Confieso que esta vez el engaño fue asistido. Tanta insatisfacción me ha dejado en los últimos años una buena parte del cine cubano, tanta mezcla de tedio y preocupación, que deposité ingenuamente mis esperanzas en una cinta que se anunciaba intimista, lejos de la pretendida grandilocuencia y la catarsis social de tantas otras. Pero como me sucedió no hace mucho con Marina, de Enrique Álvarez, topé de nuevo con la piedra de la decepción.

 

El problema de La guarida… no es en primera instancia su ritmo lento, su cuasi mudez, su apuesta por el minimalismo, por los espacios cerrados y un leit motiv musical que reafirma el conflicto. Todo ello bien manejado prometía un resultado esperanzador. Pero según van pasando los minutos uno comprende –casi sufre- que más que finas herramientas narrativas, como hubiera sido coherente, estos recursos parecen en verdad soluciones un tanto facilistas para alargar un filme que cuando más merecía ser un mediometraje.

Hasta ahí, sin embargo, el resultado puede ser perdonable. Discrepar del ritmo y los recursos empleados no entraña necesariamente un divorcio con la historia que la película narra, si ésta al final consigue atrapar emotivamente al espectador. Y la historia en principio no lucía mal: un conflicto de amor vs. soledad, de la ruptura imprevista de la rutina de un hombre, de dolores íntimos curados, o al menos atenuados, por la llegada sorpresiva de otro ser.

Pero la tentación de ceder a lo sorprendente, a lo truculento y arremolinado, termina traicionando el tono de la cinta. La muerte no intencional de un marido celoso, que irrumpe de manera violenta en medio de la noche para cortar de tajo el naciente idilio, y su posterior e inexplicable –por más vueltas que doy al asunto- encubrimiento por parte del protagonista, el solitario Daniel, cambian los cauces de La guarida… hacia una trama metafórica y policial que rompe con la coherencia de la obra.

Surgido de la nada, como otra historia introducida de repente para alargar la historia, aparece un túnel en el piso de la casa que, además de cambiar el nivel de realidad, pretende evocar un simbólico descenso al infierno del protagonista. La metáfora, que hubiera podido resultar funcional, se extiende en demasía –y sin salida- y demuestra la pérdida del pulso, de los estribos argumentales, por parte del realizador.

El final, entonces, con el consecuente sacrificio del protagonista por su amada, grávida por demás, llega casi como un bálsamo anunciado que, sin embargo, no resuelve en su esencia los conflictos más raigales de los personajes. La impresión general que permanece es de confusión, de pérdida, de camino trunco.

Poco pueden hacer los actores, probados actores como Néstor Jiménez y Ketty de la Iglesia, por defender mejor la historia. A ratos tensan con afinación la hondura, el peso de las batallas internas que sostienen, pero a ratos parecen incapaces de encontrar el rumbo irregular de sus personajes.

El mejor parado resulta el policía de Alberto Pujols, conciso en sus escasas apariciones, mientras Rafael Lahera apenas si tiene tiempo para representar más allá del tópico dibujo de marido celoso, y el veterano Héctor Hechemendía parece perdido en la indefinición y vacuidad de su propio personaje.

Lástima lo de La guarida del topo. Lástima por su precisa fotografía, su correcta banda sonora e incluso su sobria dirección de arte. Pero hay poco que hacer cuando la historia equivoca su rumbo, y complica injustificadamente sus conclusiones. Ojalá y las próximas producciones del aún joven Alfredo Ureta encuentren al menos la salida del túnel.

 

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