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Guiñol de cara al campo PDF Imprimir E-mail
Escrito por Ana María de Agüero Prieto   
Viernes, 17 de Junio de 2011 20:00
El departamento de programación de cultura nos enviaba al pueblo de Banes, al norte de la entonces provincia de Oriente. Sería un largo viaje, pero estabamos radiantes de felicidad. Ya el grupo de teatro infantil de Santiago de Cuba reunía un elenco de actores destacados y deseosos de trabajar con calidad y mucho amor. Esa fue la época de oro del Guiñol. Estaban Koly Funcia, que cantaba y tocaba la guitarra, y Joaquín Barbas quien solo estaba entre nosotros para tocar el piano y asesorarnos en lo musical.

Los preparativos para realizar esta gira de veinte días no se hicieron esperar y salimos de la ciudad en una guagua Girón V, conseguida no sé dónde. No sentimos el viaje tan largo, pues nuestra alegría era mucha, tanta, que degustamos pedazos de pan con cebolla y conserva de guayaba, combinación que nos supo a gloria en aquellos momentos y que aún recuerdo con deleite.

El departamento de programación de cultura nos enviaba al pueblo de Banes, al norte de la entonces provincia de Oriente. Sería un largo viaje, pero estabamos radiantes de felicidad. Ya el grupo de teatro infantil de Santiago de Cuba reunía un elenco de actores destacados y deseosos de trabajar con calidad y mucho amor. Esa fue la época de oro del Guiñol. Estaban Koly Funcia, que cantaba y tocaba la guitarra, y Joaquín Barbas quien solo estaba entre nosotros para tocar el piano y asesorarnos en lo musical.

Los preparativos para realizar esta gira de veinte días no se hicieron esperar y salimos de la ciudad en una guagua Girón V, conseguida no sé dónde. No sentimos el viaje tan largo, pues nuestra alegría era mucha, tanta, que degustamos pedazos de pan con cebolla y conserva de guayaba, combinación que nos supo a gloria en aquellos momentos y que aún recuerdo con deleite.

Los encargados de ubicarnos lo hicieron en un local que no estaba dividido por ninguna pared, por lo que construimos una imaginaria que los muchachos no podían cruzar ni nosotras tampoco. Así mi esposo, Roberto Sánchez, quedaba en un extremo y yo con las compañeras en el otro. Aquella noche no pudimos dormir, pues a Rafael Meléndez se le ocurrió decir: "Hasta mañana, Ana María". "Hasta mañana", contesté. Pero Roberto dijo lo mismo que Rafael y me di cuenta de la intención de ambos de no dejarnos dormir. Inicié yo entonces, el rosario interminable de "hasta mañana" que no dejó dormir a nadie. Así, trasnochados, fuimos por primera vez al boniatal, donde olvidamos el sueño que teníamos y la mala noche pasada.

Este local que ahora habitábamos fue construido para los cultivadores de la tierra en una zona sembrada de boniatos,  los cuales nosotros teníamos que recoger por la mañana. Para todos era una labor nueva, sin embargo, fue tan agradable y divertida que cada mañana disfrutábamos de ella. Recogiendo los boniatos supimos del duro trabajo de los agricultores, y nos esforzábamos en el hecho de recoger más y más, cada día sabiendo también que tendríamos, en cada comida que nos ofrecieran,  un pedazo de boniato asegurado,  ya fuera hervido, frito, boniatillo o mala rabia.

Por las tardes, después de un breve descanso y de hacer la cola para bañarnos en el único baño que teníamos, salíamos en la guagua a dar las funciones para niños y adultos. Ver a los pequeños disfrutar de nuestro trabajos, fue para todos nosotros como un regalo del cielo. Ellos reían y asombrados miraban los muñecos hablando, riendo y bailando. A veces se involucraban tanto en las obras que los dejábamos participar.

Cada función que dábamos nos hacía sentir más útiles y por muy cansados  que estuviéramos debido a la jornada matutina, nos mezclabamos con aquella gente de pueblo que tanto disfrutaba y que siempre nos ofrecía dulces elaborados por sus manos,  refrescos de frutas frescas y aromáticas.

Estos recuerdos están latentes en mi memoria. Aún gozo, río y lloro por haber sido una integrante más de aquel grupo de teatro infantil que supo llevar la felicidad a los campos de mi provincia, a los hospitales infantiles, a las casas-cuna de niños huérfanos. En fin, a todos los que nos necesitaban.

La verdad sea dicha. Fuimos felices con la doble jornada de trabajo y nos sentimos muy bien y muy contentos de haber estado veinte días "de cara al campo".

Última actualización el Martes, 21 de Junio de 2011 09:33
 
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