Última conversación con Sergio Infante

Lo dejamos allí. Así lo exige el orden natural de las cosas. Como soy marxista, no puedo creer en una vida más allá de la muerte.
Pero sí creo que no es posible que estemos aquí, en esta minúscula porción de la galaxia, para que al desaparecer nuestro cuerpo físico desaparezcan también todos nuestros sueños, actos e ideas. Por eso creo en la tierra fértil del corazón y la memoria. A esa tierra pertenece ahora mi amigo Sergio Infante. / Muchas horas llevo con su rostro delante de mí diciéndome la frase de siempre: "Bella, eso lo vamos a hacer". Podía ser una reunión, una presentación, una casa, una feria, un libro, porque cualquier encuentro nuestro terminaba con el tema obsesionante del trabajo cultural y de la vida de los artistas en la ciudad, en esta ciudad hermosa y difícil. Supongo que para ser fiel a esa confianza tendré que ser más intransigente aún con la ineficiencia, la desidia y la falta de sensibilidad, cosas todas contra las cuales luchaba. Era grande su fe en los artistas santiagueros y defendió este talento en todas las ocasiones. Me sorprendía que una persona que no era artista tuviera tanta claridad para comprender el ancho mundo de la cultura y poseyera esa firmeza delicada para atender sus múltiples problemas. Al molestarse por la falta de visión de algunos, le decía que recordara siempre que cuando nuestros enemigos de claridades querían destruir algo, quemaban un "pavorreal", una obra de arte; y que con ese acto demostraban la importancia de la cultura. Más de una vez dijo "Teresa Melo me apoya", como si fuera motivo de orgullo para él, y más de una vez yo dije: "Creo en Sergio". Al menos tengo ahora el mínimo consuelo de haberle demostrado mi propio orgullo y cuánto lo he querido. / Desde que Dania me llamó toda tristeza sin saber cómo decirme lo que yo no querría oír, unos versos con música me rondaban: "Temprano levantó la muerte el vuelo / temprano madrugó la madrugada / temprano está rodando por el suelo. / No perdono a la vida desatenta / no perdono a la muerte enamorada / no perdono a la tierra ni a la nada". Creí que si no hablaba de ello convertiría la muerte en mentira. Y recordaba una frase de El Maestro y Margarita: "Lo peor no es que el hombre sea mortal, sino que sea mortal de repente". Esa certeza me abruma de un modo desolador. / El día 21 de octubre cumplí años lejos de Cuba. Sergio también estaba de viaje. Trajo desde África un vino tinto para mí y nos prometimos que lo tomaríamos cuando yo me librara de la cárcel del yeso y él regresara curado. Es la única promesa que no me ha cumplido. Llevé ese vino conmigo a Santa lfigenia y cuando todos se fueron lo vertí en la calle asfaltada donde duerme ahora. Fue nuestra última conversación, húmeda de lágrimas y aromada por las uvas. Sé que muchos allí conversaron también con él por última vez, los que lo amamos: su familia, los amigos, los artistas de su consagración y desvelo. Las próximas palabras serán ya territorio de la eternidad: Andamos con tus sueños mezclados a los nuestros, y serán realidad también por ti, Sergio. La tierra de Santiago de Cuba te sea leve. La tierra de la memoria te proteja.

Realizado en el Área de Informática de la Dirección Provincial de Cultura de Santiago de Cuba, Mayo del 2006